Como ya os había adelantado el otro día, tenemos una visita especial. Es alguien que ya se ha dejado ver, y que siempre es bien recibido.
Me gusta pensar que este no es solo mi rincón, sino el vuestro también, ¿qué mejor forma de demostrarlo que dejaros un hueco?
Esperemos que venga con ganas de quedarse, pero de momento solo puedo decir… música maestro…

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Todo empezó con una cinta TDK de 90 minutos, con los títulos de las canciones escritos a mano con la letra de mi, por entonces adolescente, primo Carlitos (sí, hoy con ya casi 40 años aún le llamamos Carlitos). Yo me pasaba en aquella época muchas tardes en casa de mis primos.
Siempre han tenido mucha cultura musical en aquella casa. Mi prima Itxaso por ejemplo fue la que me enseñó a aporrear la guitarra, y mi primo, como decía antes, me mostraba la música de un grupo liderado por un tipo medio calvo de pelos largos (sí, es posible), con una cinta de tenista en la frente y unas muñequeras blancas para evitar que el sudor llegara a sus manos. Me molaba sobre todo la portada de una cinta original que tenía, en la que se le veía tocando la guitarra y resplandeciendo como un gran cartel de neón. No se le veía la cara, sólo aquella cinta en el pelo brillando como un fluorescente.

El grupo se llamaba Dire Straits, y la cinta que me regalaron era una colección de las mejores canciones del grupo, según el criterio de Carlitos (que no es en absoluto malo). Aquel cassette aterrizó en el coche de mi aita, y ya no volvió a salir prácticamente durante varios largos veranos, en los que toda la familia se mudaba a Salou a disfrutar del pequeño apartamento de mi tía Begoña.

Yo tendría 9-10 años, de inglés más bien nada de nada, pero como un cotorro avezado era capaz de recitar todo lo que Mark Knopfler cantaba en cada una de las canciones que iban sonando. Ni idea de lo que decía, pero aquellas melodías se clavaron profundamente en mi conciencia y mi cerebro. Quieras o no, ese tipo de cosas te preparan para el futuro, te encaminan por un determinado gusto por la música que, aunque con los años se vaya abriendo a otros estilos y otros grupos que no tienen mucho que ver, al final siempre se vuelve a los orígenes. El gusto por las melodías simples, muy musicales, casi como nanas.
El gusto por las guitarras cristalinas. Todo está unido. Por ejemplo ya con más años descubrí la música celta y me llegó a apasionar. Y cosas de la vida, Knopfler, ya en solitario, cada vez está inclinándose más por el folk en sus discos.

Hoy en día no está muy bien visto que alguien diga que le gustan los Dire Straits. Te miran como un bicho raro, como un ser ochentero anclado en el pasado, un pseudo-nuevo-hipster que tiene que volver a lo viejuno para experimentar sensaciones. También es verdad que existe una gran legión de seguidores que van llenando los recintos allá por donde toca, ya con más de 65 años y muy mermado en lo que a tocar su eterna stratocaster se refiere, con unas melodías cada vez más lentas y repitiendo una y otra vez, gira tras gira, el mismo setlist. Todo esto provoca olas de indignación entre sus más fieles seguidores:
“Yo este año no voy, que le den!” – “Estoy cansado de oír siempre lo mismo! Este año va a ir a verle su prima…”

La única verdad es que finalmente todos acudimos como ovejas a escuchar a su gran pastor, porque algo más fuerte de lo que creemos dominar, se acaba imponiendo.
Afloran en la memoria los momentos que todos hemos vivido, momentos que nos han acompañado desde la niñez. Todas las cintas TDK que cada uno ha venerado cuando aún la época de los Spotify, iTunes y directamente Internet sonaba a ciencia ficción. Y ahí nos seguimos sorprendiendo, escuchando embobados y con la boca abierta todas las canciones que ya hemos oído miles de veces. Porque la música es parte de la vida de cada uno, y Knopfler lo es de la mía.

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